El 19 de enero de 1937 Franco creó Radio Nacional de España con
un emisor portatil facilitado por el ejército alemán. Durante la
Guerra Civil española, la radio del bando nacional, dirigida por Jacinto
Miquelarena Regueiro, Manuel Arias Paz y Antonio Tovar, sucesivamente, emitía
todos los días el parte de guerra facilitado por el cuartel general de
Burgos.
Los informativos de Radio Nacional heredarían posteriormente el término
y fueron conocidos popularmente como
"el parte". De los partes de guerra el más
conocido y celebrado por el bando de los sublevados fue
el del fin de la guerra en la voz del "locutor soldado"
Fernando Fernández de Cordoba.
En su actividad radiofónica interpretó personajes como Tio Fernando
en los relatos infantiles y participó
en la construcción de los personajes de Garbancito
y Pepinillo de Ondas animadas. La guerra le sorprendió
en Córdoba durante el rodaje de El genio alegre.
Su voz ha pasado a la historia unida a esta grabación
del parte del fin de la guerra civil que se emitió
a las 23:15 del 1 de abril de 1939.
Al acabar la guerra Fernández de Córdoba abandonó la radio
para volver a su profesión de actor de cine.
El estallido de la Guerra Civil española, que tuvo lugar en julio de 1936
a raíz de la sublevación de parte del Ejército, se vio acompañado
en el territorio leal al régimen constitucional republicano por la adopción
de actitudes revolucionarias más o menos espontáneas. El historiador
británico Ronald Fraser realizó un interesante ejercicio de historia
oral en el que recogió la memoria de los protagonistas del trágico
conflicto español. En el epígrafe del primer volumen de dicha obra
titulado “Barcelona: la revolución”, un extracto del cual
se reproduce aquí, aparecen testimonios socialistas, comunistas y anarquistas
sobre la experiencia revolucionaria vivida en la ciudad de Barcelona desde el
inicio de la guerra.
Fragmento de Recuérdalo tú y recuérdalo a otros. Historia
oral de la guerra civil española.
De Ronald Fraser.
En las calles el fermento revolucionario era incesante,
algo «alucinante,
como un sueño». Así
lo recordaba Alejandro Vitoria, tesorero de la juventud
socialista, cuando le entrevisté.
«Todos nosotros, sin importar a qué organización pertenecíamos,
sentíamos unas ganas tremendas de participar. No recuerdo exactamente
cómo fue, pero el caso es que me encontré en una oficina de la
Vía Layetana devolviendo boletos de empeño. Las mujeres obreras
entraban sin parar, les poníamos el sello en el boleto y salían
en busca de sus objetos, máquinas de coser principalmente. Fue un gran
momento de mi vida. Me sentía muy feliz. Estábamos derribando los
valores del capitalismo burgués...»
En la sede del sindicato cenetista de trabajadores de la madera se decía
que el pueblo era el dueño de la situación, que ya era segura la
victoria de la causa proletaria. Mientras escuchaba a sus mayores, el joven de
16 años Eduardo Pons Prades se le antojaba que de pronto era fácil
alcanzar aquel mundo nuevo, aquel paraíso terrenal del que tan a menudo
le hablara su padre. Bastaría con cambiar las banderas, entonar nuevas
canciones revolucionarias, abolir el dinero, la jerarquía, el egoísmo,
el orgullo; las columnas sobre las que se apoyaba el imperio del dinero.
«No era yo solo, joven inexperto, quien así
pensaba. Eran también los hombres, los militantes
de la CNT que tanto habían luchado en la vida...»
Tampoco eran solamente los anarcosindicalistas
quienes experimentaban la sensación
de hallarse en plena sacudida revolucionaria. Narciso Julián, el ferroviario
comunista madrileño, se sintió arrebatado por aquella oleada.
«Era increíble, era la prueba práctica de lo que uno conoce
en teoría: el poder y la fuerza de las masas cuando se echan a la calle.
De pronto todas tus dudas se esfuman, dudas sobre cómo hay que organizar
a la clase obrera y a las masas, sobre cómo pueden hacer la revolución
en tanto no se hayan organizado. De repente sientes su poder creador. No puedes
imaginarte cuán rápidamente son capaces de organizarse las masas.
Inventan formas de hacerlo que van mucho más allá de lo que jamás
hayas soñado o leído en los libros. Lo que ahora hacía falta
era aprovechar esta iniciativa, canalizarla, darle forma...»
Por toda la ciudad aparecieron banderas de color rojo y negro, pañuelos
del mismo color, pancartas, eslóganes. Casi nadie llevaba sombrero y corbata
y la burguesía salió a la calle vestida con la ropa vieja. El mono
era la prenda del día. Para ir de un barrio obrero a otro hacía
falta tener pases distintos; los militantes anarcosindicalistas que habían
ocupado sus barrios no aceptaban más pases que los suyos propios. En el
sindicato de trabajadores de la madera, a poca distancia del Paralelo, con sus
music-halls, clubs nocturnos y bares, Pons Prades presenciaba cómo los
hombres discutían sobre lo que había que hacer.
«“Oíd, ¿qué hay de toda la gente que trabaja
en estos nidos de iniquidad?”
“Tenemos que redimirla, educarla para que tenga
la oportunidad de hacer algo más digno.”
“¿Les has preguntado si quieren ser redimidos?”
“¿Cómo puedes ser tan estúpido?
¿A ti te gustaría que te explotasen en
un garito semejante?” “No, claro que no.
Pero después de estar años haciendo la
misma cosa, es difícil cambiar.” “Bueno,
pues tendrán que cambiar. El primer deber de la
revolución es limpiar el lugar, limpiar la conciencia
del pueblo...” “¿Y qué me dices
de los clientes?” “Oye, tú, ¿es
que me has tomado por el profeta Isaías o tratas
de llevarme la contraria?”...»
Los líderes libertarios catalanes (la federación local y el comité regional
de la CNT) habían decidido, tras la oferta de poder que les hiciera el
presidente Companys, que la revolución libertaria tenía que cederle
el sitio a la colaboración con las fuerzas del Frente Popular con el fin
de derrotar al enemigo. El dilema que se les planteaba (como más tarde
escribiría García Oliver, justificando un resultado al que se había
opuesto rotundamente) consistía en «colaboración y democracia»
por un lado o, por otro, «revolución totalitaria,
una dictadura de la CNT». Se había optado
por lo primero, olvidando o descartando como muestra
de retórica periodística el precepto que
la víspera del levantamiento publicara su propio
periódico, a saber: que sólo la revolución
social podría aplastar al fascismo. Aunque no
se notase inmediatamente, los líderes libertarios
catalanes habían adoptado de hecho la misma postura
que el partido comunista: colaboración, victoria
en la guerra primero, «revolución»
después... El verdadero dilema –revolucionario–,
como pronto se vería, era el concepto equivocado
que del «dilema» real tenían los libertarios.
Fuera, en las calles, lugares de trabajo y fábricas, se estaba haciendo
la revolución. Recién salido de la reunión de la federación
local que había determinado la elección libertaria, Félix
Carrasquer, que acababa de ser nombrado miembro del comité peninsular
de la FAI, regresó
a su barrio de las Corts y se encontró con que
la CNT lo controlaba.
«Aunque éramos antiautoritarios, de pronto nos convertimos en la única
autoridad que allí
había. El comité local de la CNT tuvo que
hacerse cargo de la administración, el transporte,
los suministros de víveres, la sanidad... en resumen,
nos tocó dirigir el barrio...»
En seguida tuvo que poner manos a la obra. El principal
hospital de maternidad de la ciudad estaba en su barrio
y la Generalitat envió guardias de asalto
a él con el fin de que llevasen a lugar seguro a las monjas que hacían
de enfermeras en el hospital. A él acudió volando Carrasquer, tras
haber llamado a todos los militantes armados de la CNT que había en el
barrio y decirles que hicieran bajar a las monjas de los autobuses a punta de
fusil y las obligasen a volver al hospital.
«No iba a permitir que 2.000 recién nacidos se quedasen sin que
nadie cuidara de ellos. “Estas monjas sólo saldrán de aquí cuando
haya enfermeras que las sustituyan.” Que yo supiera, bien podrían
ser falangistas, pero tenían que continuar trabajando...»Se hizo
cargo de la administración del hospital. No le disgustaba haber abandonado
el comité peninsular de la FAI, donde
«cada quisque hacía lo primero que se le
ocurría, sin ninguna orientación; la misma
falta de siempre». Era maestro en una escuela libertaria
de su barrio y ahora se instaló en lo que antes
era el cuarto del cura del hospital. De noche, desde
su cuarto, oía rezar a las monjas. Se reía.
Un libertario con otro temperamento tal vez hubiese mandado
fusilarlas, pero él sabía que no eran más
que unas infelices...
A cada día que pasaba, la ciudad caía más bajo el control
de la clase obrera. El transporte público funcionaba, las fábricas
trabajaban, las tiendas estaban abiertas, los abastecimientos de víveres
llegaban sin novedad, el teléfono funcionaba también, el suministro
de agua y gas igualmente, todo ello organizado y llevado, en mayor o menor medida,
por los propios trabajadores.
¿A qué se debía que así fuera?
Los principales comités de la CNT no habían
dado ninguna orden en tal sentido.