BIOGRAFÍA
DE ALIRIO DÍAZ
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Por: Lic. Milagros Socorro
http://www.analitica.com/bitblioteca/msocorro/alirio.asp
Incluso con amortiguadores de estreno,
llegar a La Candelaria exige paciencia, aguante físico,
un mapa de carreteras y buena dotación de agua
potable, preferiblemente refrigerada. Muchas condiciones
para el errante que, finalmente, sólo encontrará
un grupo de casas sostenidas por una voluntad que
no es de este mundo, en medio de un desierto. Eso,
un desierto. Un erial que los jóvenes abandonaron,
agobiados de tanto hozar la tierra sin que de ésta
brotara agua ni para colmar un pocillo. Estamos hablando
de un lugar donde los chivos balan enloquecidos porque
la generación anterior arrasó con la
última hoja disponible. Un lugar abandonado
hasta por los fantasmas porque los escasos cristianos
que aún persisten en su ocupación están,
lo que se dice, curados de espanto, curados de soledad,
curados de lejanía. Un lugar incomprensible,
arcilloso, demorado, abatido de sol y otros picores.
El lugar, pues, donde nació Alirio Díaz
y al que vuelve cuando la mucha Roma, el constante
Edimburgo y la excesiva Viena, lo devuelven a la playa
de sus orígenes.
Allí, en una casa levantada
con un gajo desprendido de la misma musculatura del
suelo, nació, el 12 de noviembre de 1923, este
hombre al que podemos referirnos con toda comodidad
como un genio venezolano, un guitarrista del mundo
y un maestro donde los haya. La Candelaria es tan
mínima, tan igual a las motas de polvo que
flotan en su atmósfera, tan escuchimizada en
medio de la amplitud larense, que sus pobladores y
sus vecinos la aluden llamándola La Canducha.
Un nombre de andar por casa para un caserío
que nadie anda. Pero ahí está, puesto
en el mapa por el azar de un alumbramiento prodigioso,
que no otra es la circunstancia que produjera un artista
de la alzada de Alirio Díaz; autor, por si
fuera poco, de la historia de este lugar: Al divisar
el humo de la aldea nativa, un texto que debe leerse
desde el momento en que apareciera su rapsoda, que
es su coartada y su héroe, el modelo en que
vagamente se inspira el busto que adorna su pequeña
y solitaria plazoleta.
Los dedos de Alirio Díaz,
si es que lo has visto sentado en un escenario, se
arriman a la guitarra con el gesto invertebrado de
las algas al batirse contra las piedras. Con excepción
de este milagro, todo en él corresponde a la
traza de un campesino venezolano, un lugareño
del Lara más recóndito donde se echan
a faltar los señoritos. Uno de tantos, tan
parecidos. Eso hasta que se planta en el escenario
del repertorio lírico más linajudo;
hasta que acuna la guitarra y saca de ella, de una
gargantada, esa exultante emoción estética
que vibra en la música venezolana cuando pacta
con un virtuoso; o hasta que ofrece un taburete al
visitante y dice ajá. Y dice qué es
lo que querías saber. Al final de la conversación,
cuando se despide en el epicentro de una polvareda,
uno empieza a sospechar qué era lo que quería
saber y para qué llegó hasta ahí
cuando uno no es un beduino.
Vengo de un hogar —dice—
de campesinos larenses. Mi padre había nacido
en Carora, en 1885, y tendría unos 18 años
cuando se fue para el campo, seguramente huyendo de
la guerra civil. Fue así como se estableció
en La Candelaria, caserío ubicado a 30 kilómetros
de Carora. En la Candelaria vivía un general
retirado de las guerras civiles, quien lo contrató
como dependiente de su negocio de pulpería
y como arriero de conuco. Allí conoció
a mi madre, se casaron y tuvieron numerosa prole:
tres mujeres y ocho varones. En ese lugar transcurrió
mi infancia, sembrando maíz y papa; y cuidando
chivos y puercos. Obviamente no había una escuela
allí. Un tío mío me enseñó
las primeras letras, a leer y escribir. En esa época,
por lo general, el magisterio de las aldeas lo desempeñaba
un miembro de la familia; y también había
gente que se dedicaba a la enseñanza rural,
deambulando por los caseríos y llevando las
luces de las letras por ahí. Sin embargo, en
ese mundo, apartado y deprimido, había gente
letrada; así como había unos que sabían
leer pero no escribir y otros que leían pero
no sabían firmar. Se daba ese fenómeno
de gente analfabeta a medias que coincidía
con la presencia de apasionados lectores. Allí
llegaban algunos periódicos, de Carora, de
Barquisimeto y de Caracas, que eran leídos
con fervor por los pocos alfabetizados. Mi abuelo
materno, a quien no conocí, era uno de ellos;
un hombre culto, sin duda. Todavía conservo
un par de libros que heredé de él, incluido
el Método de Guitarra de Fernando Carulli,
y la Divina Comedia de Dante. Siendo, pues, un niño,
yo recitaba tercetos de la Divina Comedia y del Marqués
de Santillana, eso me sostenía, calmaba mi
inmensa necesidad de formación y cultura, ahogada
en aquel lugar carente de estímulos... hasta
que tuve 16 años y salí huyendo del
hogar paterno y de la dureza del trabajo en el campo.
-Hasta esa edad, usted había
ido formándose a saltos, con lo que hubiera,
pero estaba, sin embargo, alfabetizado e incluso se
había iniciado en el cuatro.
No sólo eso. A los 16 años
ya había escrito la historia de la Candelaria.
Una cosa infantil, escrita a mano con letra de molde.
Me movía un gran deseo de saber, de averiguar
lo que había sucedido en mi aldea hasta ese
día en que yo escribía su historia.
Obtuve la información preguntándole
a los viejos, buscando datos con respecto a la construcción
de la iglesia, por ejemplo, de la primera casa de
tejas, la primera de ladrillos. La mayoría
de las casas, que eran de bahareque, tenían
pisos de tierra y eso me interesaba mucho, quise saber
cómo fue el paso de los techos de palma, elaborados
con fibra de cardón, a los de teja. Así
empecé a investigar, por suerte, en muchos
de los techos estaba inscrita la fecha de construcción
de las casas.
-A los 16 años, entonces,
usted siente el apremio por alejarse de su padre,
¿qué era lo que impulsaba este anhelo?
Mi padre era un hombre muy rígido
y el criterio que orientaba la crianza de sus hijos
era muy duro. Tremendo, en verdad. Mi padre era un
hombre muy poco afectuoso —por decirlo de alguna
manera— claro que sus métodos correspondían
a la mentalidad de la época y lo más
probable es que él mismo hubiera sido levantado
con aquella... falta de ternura. Por otra parte, aunque
era casi analfabeta, tenía una cultura, una
forma muy propia de ver la vida. Pasados muchos años
he leído cartas suyas y me he sorprendido por
lo bien escritas que están, por el tipo de
consejos que me daba; se ve que tenía sus ideas
muy claras y que se atenía a la ética
de esa época: era muy riguroso con sus hijas,
muy celoso, diría yo; y se mantenía
vigilante ante los vicios que pudiéramos adquirir
los varones. Ante cualquier desliz se ponía
muy agresivo y nos imponía castigos físicos
muy severos. Si decíamos una mala palabra —de
carajo para arriba— cogía el rejo y nos
daba. Sus reprimendas consistían en castigos
físicos de gran dureza, por lo que muchas veces,
para librarme, yo salía huyendo como un conejo
por los montes y pasaba a veces todo el día
y parte de la noche sin volver a la casa, sin comer,
como un cimarrón. Eso sin contar que estaba
obligado a realizar cada día una intensa jornada
laboral que consistía en cuidar a los animales
—las gallinas y los puercos-, arar la tierra,
echar pico, pala, escarbar. Un día no pude
más y decidí escapar de todo aquello.
-¿Qué pasó ese
día?
Ese día me despertaron los
gallos a las tres de la mañana. Yo tenía
todo planeado desde la víspera. Sabía
que no me quedaba otra opción. Mis hermanos
habían hecho lo mismo, sólo que ellos
no tomaron los caminos de Carora sino la ruta del
Zulia, la ruta del petróleo. Pero yo no quería
petróleo, yo quería cultura, educación.
Así que desperté en el corredor de mi
casa y cogí la caja de cartón amarrada
con una cabuya donde había metido todos mis
macundales y salí caminando hacia Carora. En
esa caja llevaba algunos libros, folletos de los que
repartían los comerciantes una vez al año,
que traían almanaques, cuentos, chistes, chascarrillos,
enigmas, crucigramas, frases de los grandes filósofos,
notas metereológicas, anécdotas históricas,
fotografías. Hubo uno que trajo un mapa de
Europa, bellísimo, donde cada país aparecía
en un color y con sus respectivas capitales y número
de población. Todo eso me lo aprendía
yo de memoria. Y llevaba también alguna ropa
y mis alpargatas nuevas. Con ese avío me eché
al camino: 30 kilómetros hasta Carora. No llevaba
un centavo.
-¿Conocía usted el
camino?
Lo había hecho muy pocas veces.
Cuando mi padre me mandaba a Carora a comprar las
píldoras del Doctor Ross. Hacía el camino
de ida y vuelta en el mismo día: 60 kilómetros
a pie, sin agua. Me tardaba cinco horas caminando.
Ese día, el de mi huida, llegué a eso
de las nueve de la mañana, hambriento, con
los pies ardidos.
-¿Sabía usted en ese
momento que estaba dotado de un talento especial,
que estaba hecho para otro destino?
Pues no. No lo sabía. Lo que
me impulsaba entonces era el imán caroreño
porque en esa ciudad había fascinante, que
me atraía con una fuerza extraordinaria y de
la que tenía noticia a través de los
periódicos y de los visitantes que iban por
La Candelaria en las fiestas patronales o en navidades.
o a llevar serenatas. En esas ocasiones había
un despliegue de recitaciones poéticas, de
canciones, de discursos, de improvisaciones, que revelaba
que Carora tenía un ambiente extraordinario
en cuanto a cultura.
-Al llegar a Carora encuentra usted
a don Cecilio Zubillaga Perera.
Sabía de él a través
de los periódicos. Hay que decir que yo llegué
a Carora, a mi dieciséis años con tercer
grado de educación primaria apenas pero contaba
con una memoria excepcional. Tuve la suerte de encontrarme
a don Cecilio Zubillaga y recibir de él ese
estímulo que le brindaba a los jóvenes.
Pero antes de eso, el día de mi llegada a Carora
fui recibido por un hermano mío que vivía
allí, trabajando como tipógrafo. Yo
había leído en el periódico que
el gobierno estaba dando becas a los hijos de familias
pobres. Así que al día siguiente me
fui a Barquisimeto con la intención de ganarme
una de esas becas. Llegué a las puertas de
la Gobernación y pedí hablar con el
presidente del estado, Honorio Sigala. Imagínate,
yo, un campesino que no sabía ni hablar. Hoy
no hay audiencia, me dijeron, venga dentro de una
semana. Y cómo si yo no tenía un centavo.
Regresé a Carora aplastado.
-¿Qué idea tenía
de su propio futuro?
Tenía una única obsesión:
ir al colegio. Llego a Carora y me encuentro con esa
escuela maravillosa. Tuve esa fortuna, me encontré
con unos grandes maestros, los primeros normalistas
que tenía Venezuela, en esa época, en
1939. Al terminar el sexto grado acudí a don
Cecilio, mi padre espiritual, quien me había
oído tocar la guitarra en su casa. Hasta ese
momento yo trabajaba como portero del cine Salamanca.
Le comuniqué a don Cecilio mis planes de seguir
estudios de secundaria en Barquisimeto. Y él
me dijo: «no vayas a hacer eso. Eso es un absurdo.
Tú tienes que convertirte en un gran artista.
Te vas a ir a Trujillo a estudiar música».
Y me dio una carta para Laudelino Mejías, director
de la banda de Trujillo. En ese momento nací
para el mundo de la música clásica.
Don Cecilio decretó mi destino.
Laudelino Mejías era maestro de armonía,
teoría y solfeo. Un gran creador y maestro
por excelencia. Para sostenerme esos años aprendí
la profesión de tipógrafo y entré
a trabajar en la Imprenta del Estado, con un empleo
de ocho horas diarias. No sé de dónde
sacaba tiempo para estudiar música pero me
las arreglé y logré aprender saxofón
y clarinete, con lo que el maestro Laudelino Mejías
como saxofonista de la banda del estado; un trabajo
más suave que me permitió estudiar la
guitarra. Trujillo fue una universidad para mí
porque allí aprendí también inglés
y mecanografía, herramientas para alzar vuelo
a Caracas.
-Llega a Caracas en septiembre del
año 45.
No veía la hora de irme. En
todo ese tiempo el maestro Laudelino insistía
en que debía quedarme en Trujillo hasta que
estuviera preparado. Me decía: «espérate.
Yo sé cuando tienes que irte, para que estudies
y llegues a ser lo que yo quisiera que fueras, lo
que yo estoy seguro que tú vas a ser. Y ese
momento llegó en el año 45. Entonces
comencé estudios formales con Raúl Borges.
Cuando éste me oyó tocar vio que tenía
habilidades y señaló que debía
corregir algunos detalles. Yo tocaba la guitarra de
oído solamente; había compuesto incluso
una pieza y cantaba en la radio de Trujillo».
-¿Ya tenía una guitarra?
Un hermano mío me había
regalado una guitarra que todavía tengo por
allí. Ahora tengo seis guitarras de concierto:
una, alemana, que es exactamente igual a la que tenía
mi maestro Andrés Segovia; y otras, de autores
italianos y españoles, no muy conocidos, pero
que también son muy notables. También
tengo una Yamaha, que me la regalaron en un viaje
que hice al Japón.
-Borges lo forma como guitarrista.
Totalmente. Cuando me fui a España
a perfeccionarme ya llevaba una formación completa.
En España observaron que yo tenía una
técnica sin mácula, buena inspiración
y dominio del instrumento.
-En 1950 llega a España.
Con una beca del Ministerio de Educación
Nacional. Al llegar allí me enteré de
que Segovia daba cursos de guitarra en Siena, Italia,
y sin pensarlo dos veces tomé un tren y fui
buscarlo. Andrés Segovia incidió en
la parte expresiva de mi ejecución. Yo había
llegado con una técnica y un repertorio que
no tenía ningún guitarrista europeo
en ese momento. En esa época la guitarra europea
atravesaba una crisis, apenas habían pasado
cinco años del final de la Segunda Guerra Mundial,
había escombros todavía en Italia. Cuando
yo llego a Siena, en el año 51, o sea al año
siguiente de Segovia haber fundado su cátedra
de guitarra en esa ciudad, habíamos solamente
cinco guitarristas; un curso que debía haber
atraído centenares de guitarristas, tenía
apenas cinco, y el mejor, modestia aparte, se llamaba
Alirio Díaz, porque yo era el más viejo
de todos, tenía más técnica,
más repertorio, tenía una cantidad de
obras que no las tocaba nadie, después de Segovia,
sólo Alirio Díaz. Esto llamó
la atención del maestro porque, además,
yo imitaba su estilo desde los días en que
estudiaba en Caracas y compraba sus discos para copiarlo.
Ahí empezó mi carrera definitiva. A
los tres años de estar con Segovia ya fui su
asistente, el sustituto de los cursos del más
grande guitarrista del mundo. Así comencé
a dar conciertos en los grandes escenarios europeos.
Segovia, me abrió las puertas del mundo. Entonces
tomé conciencia de lo que tenía, de
mi propio talento y de mis capacidades; de paso, encontré
mi personalidad como concertista.
-¿Cree usted que esas capacidades
le vienen al artista desde su nacimiento?
Es una mezcla. Uno nace con un talento,
pero en mi caso contribuyó mucho el hecho de
que yo nací en La Candelaria, donde la música
era el pan espiritual de cada día. En cada
casa había un instrumento, un cuatro, un violín,
una guitarra, una bandolín, unas maracas, un
tambor. Era un pueblito de 400 habitantes lleno de
música; y frecuentemente las noches nos reuníamos
para tocar, cantar, bailar, y los fines de semana
siempre bailes y serenatas. Todo eso estaba ya dentro
de mi, unido a un aspecto claramente genético
porque mi padre era un gran cuatrista, todo el mundo
en mi familia tocaba y bailaba muy bien. Mi abuelo
había sido guitarrista y violinista, mi bisabuelo
era un gran cantor de velorios, que cantaba salves
en los campos. Y luego, hay un entorno nacional de
música: yo he estado impregnado de lo que se
tocaba en las bandas, los valses, merengues, joropos,
del sonido del arpa, de la bandola, de todas esas
cosas nuestras. Hay una repercusión, sin duda,
en toda la personalidad, a largo andar, y es un impacto
que va evolucionando, se va purificando, se va haciendo
más exigente, más puro, más noble.
Y eso persiste a lo largo de la vida.
-Usted se instala en Italia e inicia
una vida de viajero.
Por todo el mundo viajé, por
los cinco continentes. Dos veces estuve en Australia,
lo mismo que en el Japón. Entiéndase
que mi carrera comienza muy tarde, hay que tener cuidado
de eso: mi primer concierto de guitarra fue en 1950,
tenía Alirio Díaz, pobrecito, 27 años,
cuando en otros instrumentos a los once o quince años
ya están fogueados. Quizá si hubiera
sido más joven me habrían resultado
menos arduas aquella travesías interminables.
Piensa que para ir de Roma hasta Sidney, son 30 horas
de vuelo. Eso es la muerte. Llegaba extenuado, como
convaleciente de una grave enfermedad. Necesitaba
por lo menos una semana para reponerme, porque estaba
cansado y no quería sino estar en la cama.
Pero, por otro lado, tenía enormes satisfacciones.
Una de las principales era el hecho de que mi nombre
iba por el mundo aliado al de mi país. Yo divulgué
la música venezolana; creo que fui el primer
músico venezolano que difundió nuestra
música, tanto así que hoy en día
la música venezolana en guitarra, se toca en
todo el mundo. Lauro, Sojo, Carreño, las cosas
que yo he arreglado de música popular venezolana
circulan por el mundo porque está publicado,
está grabado y lo enseñan en los cursos.
-Ahora usted está instalado
en Venezuela; específicamente en sus casas
de Carora y La Candelaria.
De alguna manera, siempre estoy en
Europa, en el sentido de que traje mis cachachás
para acá, pero vivo allí seis meses
al año por mis compromisos de trabajo. Tengo
conciertos, seminarios y participo como jurado de
concursos. Yo fundé uno de los concursos de
guitarra más importantes del mundo, en Italia,
para estimular jóvenes, hace ya 30 años.
Y, por otra parte, he tenido la fortuna de que a mí
se me ha reconocido en mi país. He sido muy
generoso, en todas partes he dado y también
he sabido lo que me ha sido dado. Debo ser un hombre
con suerte.
-¿Se concibe, entonces, como
un hombre de dos mundos?
Dos mundos no, yo soy hombre de un
solo mundo: Europa y América Latina. La síntesis
la he hecho en la música.
-Ya de vuelta de tantas cosas ¿qué
piensa del cuatro?
El cuatro fue mi primer instrumento.
Y ojalá todos los venezolanos pudieran decir
lo mismo; ojalá cada niño venezolano
compartiera sus juegos con esa práctica. El
cuatro es un gran instrumento porque empieza a desarrollar
el sentido rítmico o el sentido armónico,
o sea de los acordes, los tonos. Y luego, todas las
consecuencias que hay alrededor de eso, las disonancias,
las modulaciones, toda esa complejidad, que pertenece
al mundo académico, pero que también
existe en el mundo del instinto. Yo tuve la gran fortuna
de haber empezado mis primeros ejercicios con el cuatro
que es, en realidad, una guitarra sin los bajos, sin
las dos cuerdas graves; lo demás es exactamente
igual, las posiciones, los tonos, todos los trastes
donde se van a pisar las cuerdas. Hoy en día
se ha ido desarrollando el cuatro de una manera extraordinaria,
ahora hay unos cuatristas asombrosos, que son unos
Paganini, unos Chopin del cuatro, tocando maravillas.
Realmente está en un momento de gran esplendor
ese instrumento.
-No hay forma de dejar pasar el hecho
de que sus manos son, no sé, curiosas, distintas.
De alguna manera parecen independientes del resto
de su cuerpo.
Bueno, ya se sabe que en la mano
está escrita la suerte, el destino de un concertista.
Me refiero a que la guitarra exige ciertas cualidades
físicas, como son los dedos largos y flexibles.
No gordos, no gruesos. Tienen que ser afilados y las
uñas pueden crear problemas si tienen poco
calcio. La actual conformación de mi mano me
la ha labrado el ejercicio, pero sólo en parte,
hay que tener una base, una estructura física
de partida que no sólo implica a la mano. Todo
el cuerpo se compromete al tocar una guitarra y esto
exige una determinada sensibilidad —me refiero
a una sensibilidad corporal—, un tipo de cerebro,
creo yo, porque las manos, el cuerpo todo, tienen
que disponerse para extraer del instrumento un sonido
que tiene, por fuerza, que ser acariciante. Mi cuerpo
acaricia el instrumento y su sonido acaricia a quien
lo oye. Es una transferencia corporal, física...
si pudiera explicarme. El sonido debe tener un colorido
que responde a un efecto estético, artístico,
de carácter profundamente emotivo. No hay mediación
alguna entre la mano del guitarrista y la cuerda que
emitirá el sonido —como sí ocurre
con el piano, por ejemplo—, de manera que ese
tañido que tú oyes ha salido de mi mano,
de mi cuerpo, de mi corazón.
-Y la guitarra, ¿qué
sabe de todo esto?
Ah, la guitarra, decía el
maestro Segovia, es un ser viviente. Ella transmite
ese esa corriente de vida y emocionalidad que yo le
comunico en un diálogo muy directo, muy íntimo.
Yo soy el dueño único de ese mundo sonoro
que ella pone a andar a través de mis pulsaciones.
Mi guitarra, a lo largo del tiempo, con los conciertos,
el trantrán constante, está ya preparada
para responder a lo que yo le pido. Puedo tomar otra
guitarra y hará casi lo mismo —casi—
pero la entrega total sólo la obtengo del instrumento
que he hecho a mi imagen y semejanza. Y a cambio,
yo tengo que atenderla, cuidarla, mimarla, ella tiene
la sonoridad del silencio, o mejor, del susurro. No
es el instrumento de los grandes auditorios, no, es
incapaz de gritar. Es la señora de la confidencia.
Por eso, cuando le imponen la amplificación,
le quitan el alma, le confiscan su esencia, la vuelven
intrascendente.
-¿Y sí tiene algo de
femenino?
Yo no podría verla de otra
manera. Tiene sus formas, ese cuerpo, y yo soy el
hombre que la acaricia. Tiene que haber un pacto entre
el entre el intérprete y la guitarra, de comprensión
mutua y de mutua protección que se va a reflejar
en el .sonido. No puede creerse el intérprete
prepotente y que va a sacar de la guitarra lo que
ésta no quiere o no puede dar. Tienen que entregarse
los dos, como en un acto amoroso. Tiene que darse
un intercambio de profunda comprensión emotiva,
integrarse uno al otro, de modo de producir ese resultado
de trascendencia.
-Le dará horror que otro la
toque.
Eso no ocurre, nadie más toca
la guitarra de Alirio Díaz. Corre la sangre.
La cosa es pasional, me va pareciendo.
Erótica, humana. No tiene
nada que ver con los otros instrumentos; no existe
nada igual. La guitarra es un instrumento de la noche,
de los sonidos nocturnos. Y la guitarra, como la noche,
tiene sus guardianes. Yo soy el guardián de
mi guitarra.
-¿Qué lo atrae a este
desierto, a esta desolación de La Candelaria?
Vengo a buscar silencio. Soledad
y silencio. El silencio concebido como una forma de
relajamiento, de reposo, de quietud. Y no es ese silencio
que podría encontrar tapándome los oídos.
Es una clase de silencio que se percibe al mirar,
como ocurre con esos pájaros que estamos viendo
ahora parados sobre la cerca. Vengo a buscar el silencio
perfecto que se produce en la hora en que la naturaleza
duerme totalmente. Ese momento mágico se da
aquí. Las ciudades son la sepultura del silencio.
Y yo no puedo darme el lujo de matar mis silencios
internos, esos que tanto necesito para mejor apreciar
ciertos sonidos. Pero, además, quiero estar
solo. Quiero andar por esos campos, visitar los parajes
de mi infancia, evocar el pasado y dialogar con él.
Necesito ver los pájaros, las lagartijas, los
chivos. Vengo aquí por un día, medio
día quizá, y me basta, vengo a dormir,
en tiempo de lluvia, a amanecer en tiempo de lluvia.
Vengo a que me despierten los pájaros que se
congregan desde las cuatro de la mañana a cantar,
a recibir el día. Vengo a ver cómo se
desvanece el silencio de la noche con la llegada del
día y cómo se instaura otro tipo de
silencio. Vengo a felicitarme por haber nacido en
este desierto porque a eso le debo mi sensibilidad
y, quién sabe, tantas cosas que están
por ahí escondidas que yo incluso no lo sé.
Y vengo a partir de octubre, que es cuando comienza
el frío en Europa.
-¿Encuentra todavía
esa inclinación por la música, a la
que usted ha aludido, en los larenses?
En todo el país. En el venezolano
no es difícil de descubrir esas vocaciones,
porque el venezolano es muy músico. Uno de
los pueblos más músicos del mundo diría
yo. Un pueblo en el que, además, pervive con
fuerza enorme una raíz popular de la que nuestros
grandes compositores han partido para hacer obras
de aliento universal. Con mucha frecuencia constato
en los jóvenes venezolanos tiene siempre esas
cualidades que son indispensables para llegar a ser
un gran músico.
-¿Cuáles son esas cualidades?
El oído, perfecto. El sentido
del gusto —del buen gusto—, el deseo de
mejorar siempre, de evolucionar y de prepararse. Y,
algo muy importante, de seguir la tradición.
En la actualidad hay un movimiento de guitarristas
en Venezuela que son creadores también, cosa
que no lo había en mis años, el único
con esas características en esa época
era Antonio Lauro. Hoy en día tenemos, yo que
sé, puede haber seis o siete músicos,
compositores, que serán grandes y que están
todavía en esa etapa inicial, porque esto toma
tiempo, tomará diez, quince años, porque
el proceso creativo es una cosa lenta, de madurez,
de práctica continua, de dale que dale todos
los días, hasta llegar a un verdadero desarrollo.
Y eso no ocurre solamente en la música. Pasa
con todo: mientras más estés en el banco
de trabajo, en el oficio, más rápido
va a ser el resultado artístico. Por eso es
vital enseñarle al joven venezolano —cuando
tiene talento— que este asunto es más
de tercos que de genios.
-¿Cómo cree usted que
deben orientarse las vocaciones juveniles?
La vocación debe estimularse
en un marco de trabajo constante, de espíritu
de disciplina. Eso es lo fundamental. Cuántos
genios se han perdido por falta de voluntad. Y lo
otro es el carácter. Un artista, un verdadero
artista —yo sé de qué estoy hablando—
debe entrenar su capacidad para soportar calamidades,
hambre, sacrificios, agotamiento, renuncias de todo
orden; debe estar preparado para conocerse a sí
mismo y ver en su interior tanto la maravilla como
el espanto. El artista tiene que saber lo que tiene
por dentro y estar avisado porque puede llevar consigo
el horror, mezclado con lo sublime. El artista debe
templar su carácter en un trabajo sin tregua.
Debe aceptar las críticas; no rechazarlas,
comprenderlas, que no es lo mismo. Una crítica
negativa puede traer cosas positivas si se la sabe
comprender; para eso hay que tener sentido autocrítico.
Pero la autocrítica viene con la experiencia,
con los años, por eso a un joven no se le puede
alabar de buenas a primeras. Decirle a un niño
que es un genio puede frenarle un proceso por el que,
de todas formas, tendrá que pasar, justamente,
halado por el deseo de mejorar
Ahora los jóvenes tienen una
cantidad de ventajas con respecto a las condiciones
que yo tuve en mi etapa de formación. Cuando
yo empecé a estudiar con mi maestro había
una cantidad de detalles todavía inciertos,
en cuanto a procedimientos técnicos más
que todo. La guitarra no era la guitarra de hoy, que
ha ganado en cualidades, en calidades. Ahora el instrumento
suena mejor, tiene mayor calidad de sonido; ahora
se usan las cuerdas de nylon que en esa época
no se usaban. Se usaban las cuerdas de acero y algunos
usaban cuerdas de tripa. El repertorio no estaba tan
accesible como hoy; no había la discografía
de la guitarra que hoy está disponible para
grandes audiencias. Hay becas y, muy importante, concursos
nacionales e internacionales, festivales a los que
se invita guitarristas de todo el mundo, lo que ofrece
la posibilidad de confrontarse con los otros.
-¿Cuándo tiene pensado
colgar la guitarra?
En Semana Santa. Muy concretamente
el Jueves y el Viernes Santo, los días más
amargos para mí porque me los paso rondando
la guitarra, contemplándola y pensando cuántas
horas faltarán para que termine el luto por
la muerte de Cristo. De resto, es imposible. Yo no
puedo abandonar la guitarra porque ella está
dentro de mí, camina en mis zapatos y respira
en mi pecho. Si yo quisiera dejarla no podría
porque sería ella la que no me abandonaría.
Eso equivale a preguntarme si en todos esos años
en Europa yo dejé, por un instante, de ser
un ciudadano de La Canducha. Y cómo. Un hombre
no puede colgar el alma.
DOCUMENTOS SONOROS
DE
LA BIBLIOTECA DE VOCES DEL SIGLO XX
SONOROUS DOCUMENTS
OF THE LIBRARY OF VOICES OF 20TH CENTURY
®

Madrigal
Autor
Antonio Lauro
Ciudad Bolívar, Venezuela,
3 de agosto de 1917
† Caracas, Venezuela,
18 de abril de 1986
Concierto para Guitarra y Orquesta
Orquesta Sinfónica de Venezuela
Director
Antonio Estévez
Calabozo, Venezuela.
1 de noviembre de 1916
† Caracas, Venezuela,
26 de noviembre de 1888
Solista
Alirio Díaz
Registro de grabación 10 de mayo de 1957
Teatro Municipal de Caracas
Compilación, Restauración y Digitalización
Archivo Sonoro
“José Guillermo Carrillo”
Caracas. Venezuela
25 de enero de 2006

Marisela
Autor
Antonio Lauro
Ciudad Bolívar, Venezuela,
3 de agosto de 1917
† Caracas, Venezuela,
18 de abril de 1986
Concierto para Guitarra y Orquesta
Orquesta Sinfónica de Venezuela
Director
Antonio Estévez
Calabozo, Venezuela,
1 de noviembre de 1916
† Caracas, Venezuela,
26 de noviembre de 1888
Solista
Alirio Díaz
Registro de grabación 10 de mayo de 1957
Teatro Municipal de Caracas
Compilación, Restauración y Digitalización
Archivo Sonoro
“José Guillermo Carrillo”
Caracas. Venezuela
25 de enero de 2006

Andantino alla romanza
Autor
Mario Castelnuovo-Tedesco
Florencia, Italia, 3 de abril de 1895
† Caracas, Venezuela, 16 de marzo de 1968
Concierto en Re para Guitarra y Orquesta, Op 99
Orquesta Sinfónica de Venezuela
Director
Pedro Antonio Ríos Reyna
Colón, Venezuela,
6 de noviembre de 1905
† Nueva York, Estados Unidos,
13 de febrero de 1971
Solista
Alirio Díaz
Registro de grabación 1 de junio de 1957
Teatro Municipal de Caracas
Compilación, Restauración y Digitalización
Archivo Sonoro
“José Guillermo Carrillo”
Caracas. Venezuela
25 de enero de 2006

Rítmico e cavalleresco
Autor
Mario Castelnuovo-Tedesco
Florencia, Italia, 3 de abril de 1895
† Caracas, Venezuela, 16 de marzo de 1968
Concierto en Re para Guitarra y Orquesta, Op 99
Orquesta Sinfónica de Venezuela
Director
Pedro Antonio Ríos Reyna
Colón, Venezuela,
6 de noviembre de 1905
Nueva York, Estados Unidos,
13 de febrero de 1971
Solista
Alirio Díaz
Registro de grabación 1 de junio de 1957
Teatro Municipal de Caracas
Compilación, Restauración y Digitalización
Archivo Sonoro
“José Guillermo Carrillo”
Caracas. Venezuela
25 de enero de 2006

Rumores de la caleta
Autor
Isaac Manuel Francisco Albéniz
Camprodón, Gerona, España, 29 de mayo de 1860
† Cambo-les-Bains, Aquitania, Francia, 18 de mayo de 1909
Intérprete
Alirio Díaz
Compilación, Restauración y Digitalización
Archivo Sonoro
“José Guillermo Carrillo”
Caracas. Venezuela
25 de enero de 2006

Asturias
Autor
Isaac Manuel Francisco Albéniz
Camprodón, Gerona, España, 29 de mayo de 1860
† Cambo-les-Bains, Aquitania, Francia, 18 de mayo de 1909
Intérprete
Alirio Díaz
Compilación, Restauración y Digitalización
Archivo Sonoro
“José Guillermo Carrillo”
Caracas. Venezuela
25 de enero de 2006

Sevilla
Autor
Isaac Manuel Francisco Albéniz
Camprodón, Gerona, España, 29 de mayo de 1860
† Cambo-les-Bains, Aquitania, Francia, 18 de mayo de 1909
Intérprete
Alirio Díaz
Compilación, Restauración y Digitalización
Archivo Sonoro
“José Guillermo Carrillo”
Caracas. Venezuela
25 de enero de 2006

Dos valses venezolanos
Autor
Antonio Lauro
Ciudad Bolívar, Venezuela.
3 de agosto de 1917
† Caracas, Venezuela, 18 de abril de 1986
Intérprete
Alirio Díaz
Compilación, Restauración y Digitalización
Archivo Sonoro
“José Guillermo Carrillo”
Caracas. Venezuela
25 de enero de 2006

Vals Nº 2
Autor
Antonio Lauro
Ciudad Bolívar, Venezuela,
3 de agosto de 1917
† Caracas, Venezuela, 18 de abril de 1986
Intérprete
Alirio Díaz
Compilación, Restauración y Digitalización
Archivo Sonoro
“José Guillermo Carrillo”
Caracas. Venezuela
25 de enero de 2006

Vals Nº 4
Autor
Antonio Lauro
Ciudad Bolívar, Venezuela,
3 de agosto de 1917
† Caracas, Venezuela, 18 de abril de 1986
Intérprete
Alirio Díaz
Compilación, Restauración y Digitalización
Archivo Sonoro
“José Guillermo Carrillo”
Caracas. Venezuela
25 de enero de 2006

Remembranzas
Autor
Andrés Segovia
Linares, Jaén, España, 18 de febrero de 1894
† Madrid, España, 3 de junio de 1987
Intérprete
Alirio Díaz
Compilación, Restauración y Digitalización
Archivo Sonoro
“José Guillermo Carrillo”
Caracas. Venezuela
25 de enero de 2006

The spanish guitar
Autor
Andrés Segovia
Linares, Jaén, España, 18 de febrero de 1894
† Madrid, España, 3 de junio de 1987
Intérprete
Alirio Díaz
Compilación, Restauración y Digitalización
Archivo Sonoro
“José Guillermo Carrillo”
Caracas. Venezuela
25 de enero de 2006

Variations On a Theme from Mozart
Autor
Wolfgang Amadeus Mozart
[Johannes Chrysostomus Wolfgangus Theophilus Mozart]
Salzburgo, Austria, 27 de enero de 1756
† Viena, Austria, 5 de diciembre de 1791
Intérprete
Alirio Díaz
Compilación, Restauración y Digitalización
Archivo Sonoro
“José Guillermo Carrillo”
Caracas. Venezuela
25 de enero de 2006

Fuga in A minor
Autor
Johann Sebastian Bach
Eisenach, Turingia, Alemania, 21 de marzo de 1685
† Leipzig, Alemania, 28 de julio de 1750
Intérprete
Alirio Díaz
Compilación, Restauración y Digitalización
Archivo Sonoro
“José Guillermo Carrillo”
Caracas. Venezuela
25 de enero de 2006

Gavota
Autor
Johann Sebastian Bach
Eisenach, Turingia, Alemania, 21 de marzo de 1685
† Leipzig, Alemania, 28 de julio de 1750
Intérprete
Alirio Díaz
Compilación, Restauración y Digitalización
Archivo Sonoro
“José Guillermo Carrillo”
Caracas. Venezuela
25 de enero de 2006
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