BIOGRAFIA
DE JUAN JOSÉ ARREOLA
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Por Luis Miguel Madrid
«Gabriel García Márquez me llevó ante
Fidel y le dijo: “Te presento a Juan José Arreola,
que es el escritor que más me gusta, después de
mí”».
El brillante comienzo de la carrera que llevó a Juan José Arreola
a obtener el título de «autodidacta cum laudem» se
inició al aprender a caminar —incluso correr— al
verse perseguido por un borrego negro. A leer aprendió de
oídas y el instinto se ocupó de ponerlo a escribir
tanta página entrañable. Ayudado por una memoria
portentosa, acumuló datos, nombres, textos y dibujos que
con el tiempo adquirieron un sentido completo al ordenarlos con
un criterio algo menos disperso, mientras trabajaba como corrector
en el Fondo de Cultura Económica.
Cualquier faceta de la literatura, de la creación de formas
y contenidos con las letras y todos sus colaterales fueron el
fin y el fondo de los proyectos de Arreola. Libre, disperso y
contradictorio en los márgenes y con ideas fijas en el
centro del meollo. Por ello, su dispersión fue de fogueo
y la vista rapaz lo más característico de ella.
Las circunstancias se reunían a la puerta de su casa con
un par de palmadas. Así tuvo por ejemplo en sus manos
cuentos inéditos de García Márquez o Cortázar para publicar en Los presentes o la primera copia manuscrita
de Pedro Páramo buscando su opinión. A
cada golpe de timón se encontraba sin remedio con las
personas que iban a ser los personajes de veinte años
después: Octavio Paz, Carlos Fuentes, Augusto Monterroso,
Rodolfo Usigli, Pablo Neruda... Tuvo Arreola la gracia de tratarlos
sin atenerse a otra convención ajena a su albedrío.
Igual que rechazó la oportunidad de viajar junto a Neruda
como secretario particular, cercó a Louis Jouvet hasta
interesarle en su vocación teatral o influyó decisivamente
en la edición de la obra de Rulfo tal cual la había
configurado originariamente su amigo Juan. Evidentemente, practicaba
el antiguo arte de saber estar en el lugar propicio y actuar
como si tal cosa. Así lo hizo por ejemplo —aunque
fuera por pasiva— participando en el argumento original
del cuento más famoso de Augusto Monterroso.
El amor por la literatura siempre fue complementario por el que
sentía en su relación con las mujeres, pasiones
que le producían a su vez un hondo temor y ciertas posturas
extremas y fama de intransigente o misógino.
«... de alguna manera, mi acercamiento a la mujer, y mi
acercamiento a la creación literaria, están envueltos
en el mismo temor. El acto de la creación, cuando ésta
es auténtica, resulta devorador. Yo temo y amo el amor
y la literatura, los temo a los dos.»
En ninguna de las dos batallas consiguió una victoria
fácil. La salud, la economía o la mera dispersión
de voluntades o afectos jugaron casi siempre en contra. El gusto
por aprender se tuvo que alternar con la búsqueda del
sustento y el futuro maestro de las letras pasó por decenas
de escuelas de labor que con el tiempo le proporcionarían
valiosos créditos: vendedor de sandalias, empleado, cobrador,
dependiente, pastor, peón, comediante o panadero. Transiciones
que Arreola literaturizó con enorme acierto. Antes, el
cine, la música y los libros fueron regando una formación
dispersa donde los objetivos y los géneros bailaban en
sus intenciones. Escuchó la designación de las
letras para ejercer de uno de sus representantes, pero antes
intentó ser actor con todas las consecuencias; dejó lo
que tenía y se marchó a la capital de México,
se inscribió en la escuela de teatro del Instituto Nacional
de las Bellas Artes y se hizo para siempre, comediante. A sus
futuras actuaciones añadió por esa época
de finales de los años 30 algunos textos dramáticos.
El fracaso de la gira teatral que realizó por
el interior del país le hizo abandonar, aparentemente,
su vocación y regresar al entorno familiar, dedicándose
a buscar novia y vender «tepache» en Manzanillo mientras
volvía a Zapotlán, conseguía un puesto de
maestro de secundaria y comenzaba el oficio de escritor. Se trasladó después
a Guadalajara para que ocurrieran nuevas experiencias ajenas
al desánimo con el que llegó del Distrito Federal.
Con Arturo Rivas Sainz editó la revista Eos,
donde publicó su primer cuento importante: «Hizo
el bien mientras vivió». También conoció por
entonces a Juan Rulfo y Antonio Alatorre con quienes fundaría
en 1944 la revista Pan.
El otro objetivo necesario para solventar la crisis fue encontrar
un trabajo lo suficientemente estable para recuperar y casarse
con Sara, la novia de la que había estado separado de
marzo a noviembre del 1943. Tenía en contra, según
el consejo de familia de la pretendida, el hecho de ser actor
y escritor pero consiguió casarse con ella en 1944, en
medio de una época que él mismo consideró gloriosa.
La fuerza del teatro y ciertas casualidades lo pusieron en París
para intentar de nuevo curar aquel arrebato por interpretar.
Una de sus enfermedades lo devolvió antes de tiempo a
su vieja cuna de Jalisco donde consiguió recuperar la dispersidad de
siempre aunque ahora más centrada en el mundo de los libros.
Sus trabajos editoriales en el Colegio de México y en
el Fondo de Cultura Económica se completaban con la fundación
de la editorial Los presentes y la adjudicación
de dos becas para la preparación de los libros
que le abrirían el camino del reconocimiento literario: Varía
invención y Confabulario, los cuales iría
publicando mientras continuaba su búsqueda del soneto
imposible y sin olvidar el sueño sin remedio del teatro,
para el que publicó en 1954 su texto dramático, La
hora de todos.
Sin parada, otros proyectos ocuparon sus esfuerzos,
había llegado el momento de montar una nueva editorial
y lo hizo en 1958 con el nombre de Cuadernos del unicornio, con
un interesante elenco de publicaciones de los autores sobresalientes
de la época. El mismo año aparecía la primera
versión de su Bestiario y poco más
tarde se dedicarían al rescate y posterior dirección
de La casa del lago. Junto a Héctor Mendoza,
dirigió algunos programas teatrales de «Poesía
en voz alta» y además descubrió que la enseñanza
era otra manera de crear. Escritores ahora consagrados recuerdan
su labor en los talleres literarios, a través de los cuales
fue considerado como maestro de toda una generación de
escritores, como Vicente Leñero, José de la Colina
o José Emilio Pacheco.
Juan José Arreola no dejó escapar
la ocasión de estar en Cuba, conocer a Fidel
Castro, escritores,
políticos y una situación única para anotar
en su agenda de la dispersión. Volvió con fuerza
para continuar con los talleres, con Los presentes, con
la revista Mester y con sus dolencias. Lo tuvieron que
operar de una grave enfermedad de estómago. Ordenando
papeles tras la operación, Arreola encontró la
base de lo que sería su única novela en
unas notas biográficas de principios de los cincuenta
donde el protagonista principal era su padre y el pueblo de Zapotlán
girando alrededor. Cuando se vio recuperado volvió a sus
actividades en el Centro Mexicano de Escritores y
en la Escuela de Teatro del INBA. Arreola siguió cumpliendo
un particular empeño de divulgación de la cultura
a través de cualquier medio, desde las charlas en los
talleres literarios, participando en revistas... Mester,
Los Cuadernos del Unicornio o la célebre edición
de Lecturas en voz alta, donde seleccionaba textos que
publicaba la editorial Porrúa. Su colaboración
al universo literario continuó siendo intensa, conferencias,
clases, prólogos, ensayos o compilaciones lo seguían
teniendo dispersamente ocupado aunque su producción literaria
se fue reduciendo deliberadamente. El reparo que siempre demostró por
el cuidado de los textos o el sentimiento de contaminación
al convertirlos en producto comercial hizo que Arreola nos dejara
una obra intensa aunque relativamente escasa. La marginalidad
de su obra es consentida con tanto agrado como la fama de perfeccionista,
por ello decidió no añadir más cantidad
sin la firmeza de la originalidad.
Precisamente por salvaguardar estas premisas
y por estar más atento a la dispersión que supone
el arte, más que a las modas, movimientos o vertientes,
sobre su imagen cayeron críticas y distanciamientos de
todos los sectores: Desde afrancesado a comunista, aunque también
se le criticó su falta de conciencia social y en general,
no seguir ciertas directrices que marcan cierto tipo de éxito
del que Arreola no quiso nunca oír hablar.
En los años 70, Arreola prestó su imagen honorable —excéntrica
para otros— a la parcela cultural de un popular programa
de televisión. Se trataba de «Sábados con
Saldaña», del Canal 13 mexicano, y su intervención,
como otras en televisión, resultó polémica
aunque a esas alturas no le preocupaba demasiado. También
hizo de comentarista de fútbol o colaborador en programas
de radio. La dispersión le venía de lejos y ahora
la vestía de capa y bastón, adornada ya por la
blancura desparramada de los cabellos y largos aires de distancia.
Juan José Arreola era ya un personaje que tendría
que pasar inmensas horas recibiendo premios y reconocimientos,
viendo múltiples ediciones de sus obras, traducciones,
participando en mil y un eventos y, sobre todo, aprendiendo a
olvidar su portentosa memoria.
DOCUMENTOS SONOROS
DE LA
BIBLIOTECA DE VOCES DEL SIGLO XX
SONOROUS DOCUMENTS
OF THE LIBRARY OF VOICES OF 20TH CENTURY
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El guardagujas
Selección de “Confabulario”
Obra publicada en Ciudad de México, 1952
Voz del autor
Compilación, Restauración y Digitalización
Archivo Sonoro
"José Guillermo Carrillo"
Caracas. Venezuela
Fotografía
Nelson Naveda
9 de febrero de 2007
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